








Mamar y dejarse mamar, a estas alturas del partido, ya no tiene nada que ver con el rol que uno prefiera en la cama o con estrategias particulares de disfrute; creo que desde que Bill Clinton fue descubierto en esas, el sexo oral adquirió vida propia y en muchos casos ni siquiera se considera un “acto sexual” propiamente dicho. Para muchos hombres, el simple hecho de dejar que agarres su pene erecto y lo lleves a la boca, es tan solo una sustitución afortunada de la masturbación; una manera de pensar que se agradece pues creo que pocas cosas en esta vida brindan un placer igual a ese, tanto al que lo da como al que lo recibe.
Personalmente, adoro hacerlo. Me encanta detenerme a conciencia y degustar tanto como pueda un buen guevo; saborearlo, lamerlo, sentir como crece dentro de mi boca y disfruta el roce de mi lengua. Tanto como me gusta que lo hagan con el mío; además, es una preparación inigualable para placeres más profundos, siendo un gran placer en si mismo.
No tengo problema en admitirlo: me encanta mamar y hacerlo sin eufemismos, que para todo hay un nombre exacto en esta vida.
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