Quizás sea el mejor momento de todo, ese instante divino en que ambos nos bañamos con nuestros chorros tibios de leche y sentimos que, justo en ese pedacito de tiempo, podríamos tocar el cielo con las manos. Si, suena un poco cursi, lo sé; pero, después de todos los buenos retozos, las incontables caricias y la fiereza con que dos hombres se encuentran en la intimidad de sus deseos, acabar es una recompensa por la que, la mayoría, trabajamos arduamente. Conseguirlo, entonces, es - nunca mejor dicho - un regalo de dioses....




Q sabrosa esa leche m la tomaria toda
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